Barcelona, y es un problema también de ámbito interurbano, ya no sabe qué inventarse para salvar la vida a los motoristas. Creó las zonas avanzadas para que fueran más visibles en los semáforos, se inventó el rojo total de seis segundos en algunos cruces para refugiar a los que apuran el semáforo, instaló 21 radares de velocidad y creó el famoso foto-rojo, esa cámara que retrata a los que pasan cuando la luz ya no lo permite. Tanto esfuerzo ha servido para reducir la siniestralidad global, pero el reparto sigue siendo igual de inquietante: desde el 2012, el 54% de los muertos en un siniestro de tráfico en la capital catalana iban sobre una motocicleta, y solo representan algo menos del 6% del total de viajes diarios.

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