Tras dejar atrás el paseo Maragall y subir por la calle Villar, un cruce en el que la ciudad oscurece con un terrible edificio con el logotipo de Fecsa en su piel, la arquitectura insulsa pero práctica se abre a un pasaje de casitas bajas, de dos pisos, que desemboca en una masía muy querida en el Guinardó. Se trata de la torre Garcini, uno de esos triunfos de barrio que aportan identidad a Barcelona. Lo tiene todo: larga reivindicación vecinal, patrimonio arquitectónico e inmaterial y pugna pública con un privado. Aquí la historia acabó bien y en el futuro será un equipamiento para los mayores de la zona. Si nada lo evita, abrirá a mediados del 2027 tras invertir cuatro millones de euros.

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