La mayoría entraron en el juzgado de menores con la cabeza gacha, acompañados de unos padres que no sabían dónde mirar. Chavales que nunca habían tenido problemas con la policía se sentaban ahora frente a un juez. Tras ver varios vídeos en TikTok, el 24 de octubre decidieron sumarse a los saqueos alentados por el fenómeno Blocus en Barcelona. Para muchos, casi todos varones, fue un juego, una diversión de fin de semana que, según sus palabras, “se les fue de las manos”. No midieron bien las consecuencias. Y estas llegaron en forma de detenciones, cacheos, horas de espera entre cuatro paredes y comparecencias ante fiscales y jueces que no se ahorraron las reprimendas. Tampoco a sus padres, obligados a escuchar, sonrojados por la vergüenza, lo que presuntamente habían hecho sus hijos y a asumir que les tocará rascarse el bolsillo para pagar los ­destrozos.

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