Si tienen ocasión, suban a un punto elevado de la ciudad desde el que se puedan distinguir con claridad las azoteas de los edificios. Se darán cuenta de que apenas hay placas solares. También verán –pero ese tema lo abordaremos otro día– que todavía sobreviven muchas antenas parabólicas que llevan años en desuso. Barcelona solo aprovecha el 2,5% de su capacidad para absorber los rayos del sol, y por ende, sigue dependiendo en buena medida de la energía de origen fósil, con todo lo que eso implica de precios volátiles e infraestructura. Si las cubiertas se exprimieran al máximo, podrían cubrir el 61,3% del consumo eléctrico de los hogares.

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