A cincuenta metros del memorial del atentado de Niza, una chica lee una novela de Danielle Steel. Está sentada en un banco de los jardines de la Villa Masséna, bajo la sombra, con las piernas cruzadas y el libro abierto sobre el regazo. No levanta la vista cuando pasa una pareja, ni cuando un hombre cruza el camino con una botella de agua en la mano. Un poco más allá, dos ancianos comparten otro banco. No se hablan. Él mira hacia el paseo; ella, hacia el suelo. Permanecen así durante varios minutos.

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